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Afectuosamente

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La señora Dupont había llevado la carga de sus últimos diez años de matrimonio presa del tedio y de la frustración; los veinte años que llevaba entregando desinteresadamente lo mejor de su vida en aras de una causa común solo le habían servido para quedar convertida en la sufrida esposa de un aburrido burgués, parco y desconsiderado, bebedor contumaz y amigo de la buena vida. Ella, sin embargo, había aprendido a soportar su mal carácter y sufría con callada resignación el angustiante sobrepeso de su marido que al acostarse, hundía los muelles del colchón, condenándole a padecer crónicos dolores de espalda, mención aparte suponían sus ronquidos y su creciente afición por la cerveza, pero la aventura con su secretaria había sido la gota que vino a colmar el vaso. Les había visto juntos en el vestíbulo del hotel donde solían alquilar una habitación donde pasar la tarde, cogiendo un taxi a la salida del cine, sentados uno frente a otro como dos enamorados en el restaurante que frecuent...

El transeúnte

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Un rostro borroso que gritaba enmudecido pidiendo socorro: esto fue lo que vi tras aquella ventana. La cortina de encaje tras el marco y la luz reflejada sobre el cristal no me permitieron ver mucho mas, pero la agónica agitación que adiviné tras la visión de aquella sombra fugaz fue para mí una intrigante señal se socorro que llenó mi mente de interrogantes para los que no tenía respuesta. Acuciado por el dilema que me planteaba mi papel de testigo involuntario, decidí desviar mi rumbo y encaminarme al portal de aquel inmueble para informar sobre lo que había visto. Pero la respuesta que obtuve por parte de la mujer que regentaba aquella portería, me dejó anonadado: -La ventana a la que hace usted alusión, corresponde a una vivienda que lleva cinco años abandonada. El hombre que vivía allí, tenía en vilo a medio vecindario debido a su locura, hasta que un día, decidió quitarse la vida ahorcándose allí, frente a esa misma ventana. Yo guardo la llave en custodia y de vez en cuando,...

La Isla

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Como otros científicos, buscaba indicios que me permitieran ubicar el lugar escogido por el ser humano para fijar sus primeros asentamientos antes de expandir su presencia buscando el clima de los bosques templados; esto me llevó a un largo periplo a través de junglas y de islas remotas, hasta que: amparado por inversores privados, me vi de pronto al frente de aquel proyecto consistente en explorar un islote que no figuraba en los mapas de navegación, zarpé junto con mi equipo en lo que debía ser un viaje lucrativo y allí estábamos con el cometido de explorar el islote, catalogar su naturaleza y realizar un minucioso estudio topográfico del lugar. Los primeros informes no eran muy alentadores: estos hablaban de un cuerpo rocoso, bordeado por escarpados montes y por un alto acantilado, lo que apuntaba hacia un posible origen volcánico y dejaba en el aire la posibilidad de que el lugar no tardara en volver a ser engullido por las aguas. Desembarcamos con todo el grupo expedicionario...

Némesis

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Amanecía un día gris, heraldo de otros días sin noche y de noche sin día, transcurría el tiempo allí donde el tiempo se había detenido en una única estación de húmeda neblina y de tierra seca, de permanente crepúsculo y de clamoroso silencio: tras las murallas de la ciudad palpitaba bulliciosa la vida ajena a los fatales avatares del mundo exterior y la tierra que rodeaba a las murallas respiraba fértil y viva, pero a lo lejos, donde se perdía la vista, yacía un territorio infame, una tierra de desolación, bajo cuyo cielo destemplado revoloteaban las negras aves de la muerte y la desesperación, insaciables alimañas al servicio de quien se había erigido como único amo del pensamiento y la vida de los hombres. Arriba, en el castillo, reinaba la oscuridad: el rey era un anciano octogenario que iniciaba su paseo matinal a través de los largos pasillos del palacio; caminaba con paso lento, acompañado de su primogénito, parándose de cuando en cuando frente a uno de los escasos ventana...

Invencibles

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-Ya están aquí... Este susurro apagado fue recorriendo las posiciones como el último suspiro de un moribundo. Uno a uno, todos los soldados allí atrincherados fueron incorporándose sobre sus piernas fatigadas y ocuparon sus puestos, los que aún permanecían dormidos fueron despertados por quien estaba a su lado y ocuparon su posición. Abundaban los gestos de hastío y pesadumbre y predominaba la resignación; formaban a un paso de distancia uno de otro en una larga hilera que se extendía a través de una empalizada formada por carretas volcadas, sacos de tierra y todo tipo de obstáculos.  El silencio era un eco bullicioso aproximándose desde la lejanía, una hilera de rostros enrojecidos por el Sol observaban el horizonte con ojos cansados, densas gotas de sudor cálido resbalaba por la piel de sus frentes resecas, la vista se perdía recorriendo el áspero suelo de la llanura y sus grietas circulares hasta donde un frenético borrón oscuro de cuerpos agitados rompía la armonía incan...

Días de trigo

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Había permanecido tres largos años apartado de casa, esperando un reencuentro al que me había acostumbrado a ver desde lejos, tocado por la amarga mueca del infortunio. Durante todo ese tiempo, la guerra me había nombrado figurante de la representación, procurándome siempre un papel y un lugar en el escenario, pero tras haber participado en la última gran batalla que tuvo lugar en tierras del Ebro, vi llegado el momento de volver con los míos al lugar desde donde sentía sollozar la tierra con el amargo recuerdo de mi partida. Llegué tras un largo viaje en tren sin apartar la vista de la ventanilla en todo ese tiempo y cuando llegué a mi destino, me dispuse a seguir la senda tantas veces recorrida a través del trigal, desabrochando mi camisa mientras andaba; era media tarde y el viciado calor caía sobre el valle como una losa. A ambos lados del camino, los campos de trigo aparecían secos y polvorientos y a medida que llegaba, fui viendo las miradas de derrota en las caras, ahora de...

Corazones errantes

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Le conocía desde siempre: tenía algo especial que no tenían los demás. Llevaba años sucumbiendo a sus encantos, pensando en él cada noche y en el aura de misterio que parecía rodearle y que fluía por todos sus poros: pensaba que tenía una seguridad sublime en sí mismo o sencillamente que era diferente a los demás pero en el fondo, sabía que él era de carne y hueso como yo, y cuando llegó el momento: supe lo que tenía que hacer para que cayera en mis brazos. Uno de mis pasatiempos preferidos consistía en ir a las afueras y recorrer el parque desde donde se veían las casas de los Duvall y de los Forrest quienes vivían lujosamente dirigiendo los destinos de todos; en cierto modo, envidiaba su forma de vida, con aquellas torres dominando la colina, aquella piscina que en Verano se llenaba de gente venida de todas partes, celebrando fiestas que se prolongaban hasta la mañana siguiente y con aquellas vallas rodeando la propiedad, como las murallas de un castillo medieval. A veces, me i...