Trozos
De acuerdo: he cometido un asesinato ¿Y qué?; nunca antes había matado a nadie, ese maldito usurero quería echarme de casa y había escogido el peor momento, debía dos meses de alquiler, en eso estamos de acuerdo, pero: ¿Qué culpa tenía yo si me había quedado sin trabajo? Llevaban toda la semana anunciando la llegada de una ola de frío polar y yo no aguantaría vivo ni dos noches seguidas tratando de dormir al raso…
No podía soportar la expresión que leía en aquel delgado y ascético rostro, sobre el cual se destacaban unos cabellos muy blancos, la nariz achatada y unos ojos negros, más fríos que el propio hielo; aquellos ojos que tantas miradas me había dedicado cuando venía cada mes para recoger su fajo de billetes, tampoco podía soportar su voz; una voz que provenía del rostro semioculto entre la bufanda y el sombrero que cubría parcialmente sus facciones, contaba los billetes uno a uno con pasmosa lentitud, y hasta las monedas para después darme la espalda con gesto de asentimiento, pero aquella tarde venía para anunciarme el desalojo: dijo que iba a emprender los trámites legales y que en breve, recibiría la notificación, y lo repitió varias veces, iba de aquí allá, hablando sin parar, me llamó perdedor y dijo que cuando se hubiese desembarazado de mi molesta presencia, pensaba fumigar aquel piso que olía a perros muertos…
Súbitamente, tuve un ataque de pánico y lo que sucedió después, llegó como por inercia, toda la tensión acumulada estalló de súbito, y fue cuando le vi pararse ante la ventana de la cocina, él estaba de espaldas a mí, y de pronto, se desvanecieron mis dudas y me percaté de lo que debía hacer si quería sobrevivir…
Con el amplio y afilado cuchillo que utilizaba para cortar la carne, le asesté un golpe seco y certero en el cuello. La cabeza saltó por los aires y comenzó a rodar por el suelo.
Angus, el perro con quien compartía mi casa, apareció meneando la cola y agarró la cabeza con sus dientes; tuve que perseguirle por toda la casa y forcejear con él para que soltara su trofeo, parecía ilusionado con la pieza que acababa de adquirir haciendo gala de su instinto, ilusionado y hambriento hasta el extremo que una vez logré arrebatársela, se puso a corretear a mi alrededor, emitiendo ladridos de descontento.
Llevé el cuerpo hasta la bañera, lo desnudé y me puse manos a la obra: trabajé afanosamente utilizando cuchillos planos y de sierra para trocear el cadáver, separando primero las cuatro extremidades y dividiéndolas en dos y partiendo el tronco en dos mitades hasta sumar once trozos que dejé reposar en aquel recipiente hasta que acabó evacuándose toda la sangre a través del desagüe.
Como me habían cortado la luz, no disponía de nevera que me permitiera conservar aquellos restos mientras decidía el modo a elegir para desembarazarme de ellos, por lo que tuve que introducirlos en bolsas de basura y esperar a que avanzara la noche para bajar hasta la calle y robar un coche de amplio maletero para liberarme del cadáver de una sola vez.
Saqué la tapa de la caja de contacto y extraje los cables, hice chocar los dos extremos hasta que con el roce, encendieron la primera chispa del motor, después, anudé los cables y puse el coche en marcha.
Paré frente al portal de casa y fui bajando las bolsas y los utensilios para cavar, pero cuando me dispuse a partir, decidí llevarme al perro temiendo que éste comenzara a gimotear como era frecuente durante mis ausencias, lo cual, a horas intempestivas como aquellas, alertaría sin duda a los vecinos. Atravesé las filas de viejos edificios donde residía, la niebla comenzaba a envolver las calles, recorrí la avenida principal, luego crucé la línea de antiguas fachadas que se extendían a lo largo de las afueras. Escogí una de las salidas y enfilé recto hasta que pensé haber encontrado el lugar idóneo, allí, la carretera estaba muy oscura y no se veía el menor indicio de presencia humana. Giré el volante y me adentré con el coche a través del descampado. Paré a unos cien metros de la carretera, luego apagué las luces y me puse a cavar. Hice un agujero bastante profundo, lo cual me llevó unas dos horas, después recogí las bolsas una a una y las fui echando al pozo.
Estaba terminando de cubrir el agujero y allanando el montículo de tierra para no dejar el menor indicio visible cuando de repente, me asaltó la duda de saber si había completado mi trabajo a la perfección o por si el contrario, había descuidado algún detalle. Fue entonces cuando avisté un coche patrulla acercándose por la carretera. La sirena, iluminada y en silencio recorría el espacio en sombras y la luz de los faros me deslumbraba. Traté de serenarme y de no dejarme invadir por el pánico, pero pronto comencé a transpirar el sudor del animal cazado. A continuación, el silencio volvió a adueñarse de mi mente, un silencio que podía ser falso o no, porque detrás de él, acechaba el miedo que desfigura la expresión y crea olores delatores…El coche patrulla doblaba el desvío con agudo chirrido proveniente de sus cubiertas, avanzó muy lentamente hasta situarse enfrente mío, entonces se detuvo como si alguien le hubiese echado repentinamente el lazo. Ya no me sentía con fuerzas para soportar aquella situación, sentí como se formaba un revoltijo líquido y ruidoso en el interior de mi estómago y cómo mi cara se convertía en una congelada máscara, alcé mi mano para saludar y entonces, vi como el coche torcía su rumbo hacia la dirección donde yo estaba. Sus faros me volvieron a deslumbrar, pero a través de ellos, pude distinguir la silueta iluminada de Angus, correteando feliz con la cabeza de mi casero sujeta entre sus dientes.

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