Los ojos sin rostro
Me siento seguro bajo mi doble personalidad, es como tener una segunda piel: es una cara sin rostro; puedo oler el miedo a través de ella, el sudor de mi próxima víctima, cada situación es distinta a la anterior por que la carne abierta no esconde nada, no engaña. Y cuando he terminado mi trabajo, me siento a mirar y aspiro profundamente el hedor de la sangre y ese profundo aroma que desprenden las entrañas humeantes…
Ahora, mientras camino, sube hasta mis labios una sonrisa feroz, tan feroz que los seres con quienes me cruzo, se apresuran a apartarse de mi camino, veo en sus miradas furtivas que soy un extraño para ellos, puedo visualizar los pensamientos que se ocultan tras los rostros sin rasgos que flotan a mi alrededor, tan fugaces como hojas arrastradas por el viento.
Obviamente, mis actos no son arbitrarios, solo actúo tras haber escuchado la llamada, entonces llega el momento de escoger los instrumentos adecuados y de afilarlos cuidadosamente. Y este acto, tan aparentemente rutinario, me conduce hacia ese momento en que comenzó todo, el día en que tomé conciencia de mi verdadera identidad.
Llevaba días observándola desde fuera: era la casa por la que nadie pasaba de largo, había algo en su interior que atentaba contra la moral, algo retorcido y obsceno. En varias ocasiones, tuve la oportunidad de ver como los hombres del pueblo se agolpaban en el portal y como luego iban entrando con apresurada timidez, como si algo prohibido estuviera allí dentro, aguardándoles.
Escogí aquella hora de la mañana para adentrarme en el interior de la casa pensando quizás erróneamente que el demonio que moraba en su interior también necesitaba dormir y que de este modo, podría atacarle por sorpresa.
Entré por la puerta principal, sorprendido al descubrir que no se hallaba cerrada y con el seguro echado como era norma. En la casa reinaba un silencio sepulcral y no sólo eso: todas las ventanas estaban cubiertas por unas pesadas cortinas que impedían ver la luz del Sol, lo cual, pensé, confirmaba mis presunciones, porque al demonio le encanta rodearse de tinieblas.
Apreté con fuerza el mango de mi machete porque en aquel momento, oí como alguien gemía en el piso de arriba. A medida que subía por las escaleras, iba trazando cábalas sobre el aspecto que tendría un demonio capaz de gemir con aquella voz tan sensual. Me detuve ante la habitación de donde provenían las voces y vi la puerta entreabierta, asomé mi rostro tímidamente a través de ella para escudriñar en su interior y las imágenes fueron revelándose lentamente ante mí.
Lo primero que acudió a mi mente fue que se había entablado una lucha entre un ser inocente y un demonio con forma de hombre, y que este se había tumbado encima de él, sometiéndole a un extraño y doloroso tormento, mi primer impulso fue el de avanzar en ayuda de la víctima, pero cuando el demonio alzó su cabeza y pude ver en su cara el rostro de mi amado padre, y cuando el ser que yacía debajo alzó su rostro y empezó a gritar con aquella voz tan aguda, todo mi cuerpo comenzó a temblar preso de una húmeda sensación de frío; era el miedo que sentía lo que provocaba este efecto tan singular en mí.
Con un movimiento rápido, clavé el arma sobre la carne impura de aquellos seres y lo hundí varias veces con fuerza hasta la empuñadura de madera. Al llegar a este punto, ya no me temblaban las manos y me dispuse a culminar mi trabajo: la cabeza de él en el lugar de ella, los senos de ella sobre los pechos de él, su aparato genital colgando fláccidamente sobre el pubis de ella…la cuchilla había esculpido sus rostros de forma caprichosa, los cortes de los pómulos, las bocas abiertas como calabazas moldeadas, los ojos fuera de las cuencas…fue en el transcurso de aquel acto cuando me sobrevino un ataque de turbadora lucidez: creo que a mi modo, acababa de descubrir mi verdadero don, el que me permitía ejecutar los designios divinos: éste había permanecido oculto, bajo llave pero esperando el momento para manifestarse, sólo había necesitado una revelación, una evidencia que dictara cual debía ser mi misión desde aquel momento, desde entonces, haría ver a las gentes los castigos que podía infringir con mi mano, y con ella, liberaría a los demonios que anidan en el interior de las personas, les castigaría por sus inmundicias y transgresiones y ocultaría mi rostro de ellos con una máscara.

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