Lo que hizo el perro
Había decidido llevar a la práctica una decisión que llevaba tiempo meditando: iba a dejar la familia con todo el riesgo que ello implica, sabía que se cernía sobre mí un aluvión de reproches, amenazas y de llamadas anónimas a horas intempestivas “Entrar en la familia es difícil pero salir…sólo sales de una manera, y es con los pies por delante” esta advertencia resonaba en mi mente una vez tras otra cada uno de los día, desde que me levantaba hasta que con un ojo abierto intentaba dormir. Don Marcelo me tenía atrapado en un callejón sin salida, sabía que podía disponer de mi vida a su antojo, pero no era esto lo que me preocupaba sino mis seres queridos, por ellos había tomado esta decisión, pero esto no parecía importarle a nadie.
Yo, por mi parte, había depositado toda mi confianza en aquel perro que no apartaba la cabeza de la cuna donde dormía mi hijo, viéndole allí postrado, con su enorme cabeza de colmillos letales, sus dos enormes ojos como dos bolas de cristal marrón oscuro, creía no tener motivos para temer a ningún bastardo que osara invadir mi espacio privado a horas intempestivas con intenciones nada claras.
Mi mujer había tenido un parto difícil y permanecía la mayor parte del día indispuesta, dormía casi todo el tiempo o permanecía horas y horas tumbada en el diván, sumida en una suerte de letargo semiinconsciente inducido por el agotamiento, o en buena parte por el efecto de los fármacos.
Mi piso era muy parecido al pasillo de un vagón de ferrocarril y las puertas de las habitaciones se alineaban a lo largo de las paredes, esto me obligaba a estar siempre alerta, allí, los días transcurrían en silencio expectante, con Aurelia casi siempre inconsciente, tumbada en el diván y Sultán, mi perro guardián asomado a la cabecera de la cuna donde dormía mi bebé; su aspecto fiero, de pelo corto, amplia mandíbula y robustas extremidades, me aportaba la tranquilidad que lo delicado de mi situación me requería.
A veces, escuchaba voces desde el rellano y cuando abría la puerta con extrema precaución, veía como sombras evasivas aparecían y desaparecían y mientras bajaba y subía las escaleras, escuchaba voces que charlaban entre ellas, unas incisivas y duras y otras susurrantes y depravadas, y todas ellas sonaban como si estuvieran tramando algo, pero cuando regresaba tras haber descendido y subido las escaleras varias veces y volvía al salón para ver la figura severa de Sultán asomado a la cabecera de la cuna, volvía a sentirme tranquilo.
Llevaba días esperando aquella visita, y cuando desde la ventana, vi llegar el coche y detenerse justo bajo mi casa, descendí apresuradamente las escaleras dejando a mi mujer semidormida en el diván, pero con la seguridad de que Sultán no iba a apartarse ni un centímetro de la cuna donde dormía mi bebé.
Bajé sin otro plan que el de encararme con ellos en un encuentro que podía significar mi muerte, pero no importaba, llevaba días despertándome sobresaltado ante aquellas siluetas fugaces e inmóviles que parecían observarme desde el umbral de mi habitación y que se evaporaban como el humo apenas saltaba dando un respingo desde la cama para recoger el revólver que yacía siempre cargado y amarilleado sobre la consola, estaba harto de esperar y el miedo, siempre presente durante las interminables horas de los pasados días, había enmudecido y rehusado a prodigarme con sus consejos a media voz sobre la conveniencia de permanecer cerrado a cal y canto, con las persianas echadas en aquella celda en que se había convertido mi casa.
Salí a la calle con los brazos en alto, olía sus nervios y sabía que debía bajar las manos con lentitud para darles el tiempo que necesitaban para observarme. Entonces fue cuando los cuatro hombres descendieron del coche. Don Marcelo bajó del coche con visible dificultad y dos de sus acompañantes se adelantaron para sostenerle, entonces me di cuenta de que ya no había marcha atrás, le secundaban hombres sin escrúpulos a quienes conocía desde hacía años; había trabajado con ellos en varias ocasiones y sabía lo que valía mi vida en aquellos momentos.
-Antes de que empecéis a hablar: les advertí-Os vuelvo a repetir lo que ya os he dicho reiteradamente: me voy; ya está todo hablado.
-Eres un traidor: clamó Neal con visible desdén.
-¿Quién te paga ahora chivato?: inquirió Lomax, indignado.
-Nadie: atajé.
-¡Estás muerto Dusty!: sentenció Dakota, señalándome con dedo acusador.
-De esta boca, no saldrá ninguna acusación contra nadie de vosotros: anuncié-Solo quiero vivir en paz, junto a mi familia.
Entonces: nos dejas: suspiró Don Marcelo con resignación.
Tragué aire y respondí. Pensé que ya habían quedado atrás los tiempos de hombre indiferente y mundano que acepta órdenes sin rechistar.
-No hay nada que podamos hacer para que cambies de idea: soslayó.
-Nada: respondí secamente.
Entonces, se hizo un silencio repentino, lentamente y como burbujas surgiendo de un agujero de barro, retornaron a mi mente los miedos por las consecuencias de haber querido llevar mi actitud hasta el final, mis ojos giraron hacia todas partes, exhalé un profundo suspiro y me di media vuelta, temeroso de sentir el impacto de un ardor incandescente sobre mi espalda, pero cuando me giré de nuevo, vi como Don Marcelo se introducía de nuevo en su coche, meneando la cabeza y ayudado por sus esbirros.
Las llamas del miedo habían remitido de momento y las ratas que roían mis entrañas desaparecían correteando tras el coche que volvía a ponerse en marcha para perderse entre las callejuelas, por esta vez había ganado la partida, o eso quería creer yo, al menos. Miré hacia el fondo del callejón para cerciorarme y acto seguido, eché una ojeada a la ventana de mi apartamento, pensando en lo ilusionante que sería para mí poder imaginar un futuro repleto de dificultades y de préstamos a pagar en cómodos pero inacabables plazos, pero feliz junto a mi familia y libre de amenazas.
Sabía los pasos que me separaban hasta la escalera de mano y recorrí ese trayecto, sabía también los peldaños que me separaban del primer y del segundo rellano. Pero cuando estaba frente a la puerta de mi apartamento, paré en seco y como murciélagos que vuelan raudos, algo se agitó en mi mente, la tensión se palpaba en la atmósfera y la crispación lo inundaba todo, y lo pude notar en los gruñidos que emitía Sultán, mi fiel perro guardián: algo había cambiado en el monocorde entorno familiar que se divisaba tras el largo pasillo que conducía al salón.
Aurelia yacía en el diván, dormida entre cabeceos, pero Sultán ya no estaba asomado a la cabecera de la cuna sino agazapado en el suelo y royendo algo con voracidad, algo blando y blanquecino, entonces comprendí a qué se refería el charlatán que me vendió el perro cuando aseguró que le gustaban mucho los niños…

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