Las voces de los muertos


A finales del siglo XVIII un creciente clamor popular se extendía por pueblos y ciudades de toda Francia, la burguesía, ávida de poder, llevaba tiempo azuzando al pueblo hambriento y al ejército, manipulando sus voluntades y provocando la destitución de la monarquía. Ocupados todos los resortes del poder, el recién instaurado Comité de Seguridad Pública, decretó la ejecución del rey y de su consorte, acusados de conspiración. 
Comenzaron las luchas internas, las escisiones dentro de las facciones revolucionarias lo que dio lugar a un golpe de estado dentro del propio gobierno. Bajo el mando de Robes Pierre y su Comité de Salud Pública: el nuevo aparato de gobierno conocido como Los Jacobinos, decretó un nuevo sistema legislativo por medio del cual, todo ciudadano sospechoso de promover actividades contrarrevolucionarias podía ser llevado ante los tribunales y condenado a la pena capital tras un breve juicio sumarísimo.
Las primeras víctimas del nuevo régimen fueron los nobles, considerados por este como enemigos del pueblo, después llegó el turno a los funcionarios del gobierno anterior, continuaron con los hacendados y comerciantes sospechosos de haber tenido algún tipo de trato con la nobleza y terminaron dando cuenta de cualquier habitante sin distinción de clase, sexo o condición: a veces bastaba una simple denuncia para ser detenido, procesado y ejecutado: había comenzado el Reinado del Terror. Los presos se agolpaban en mazmorras esperando ser ejecutados, una multitud harapienta pertrechada con utensilios de labranza tomaba los palacios y residencias de Verano al asalto, la Guardia Nacional patrullaba las calles en busca de traidores. Mientras tanto, la guillotina no cesaba de subir y bajar. Por la mañana, las calles de cada ciudad y pueblo, eran un hervidero de gente: la multitud se agolpaba para ver a los reos desfilando hacia la Plaza Mayor donde les esperaba el Cadalso; el bullicio se hacía mucho más intenso a medida que los condenados iban llegando a su lugar de destino y una vez allí, balcones y atalayas servían de palcos improvisados, abajo, en la plaza, se alquilaban sillas para ver el espectáculo: vendedores ambulantes ofrecían sus mercancías a un público ocioso, los redobles de tambor de la guardia marcaban los intervalos entre una decapitación y otra, las cuales, eran vitoreadas por una multitud eufórica. Durante el día, en los juzgados, se encadenaban las sentencias, un gentío vociferante ejercía de tribunal, recibían al reo con burlas y risas desdentadas y tras un breve interrogatorio, alguien gritaba: ¡A la guillotina!, poco después, este grito se convertía en clamor al ser secundado por las voces de los asistentes a la sala que repetían al unísono:
-¡A la guillotina!.
Este es un despacho transmitido por la secretaría y registrado por la policía de París en uno de aquellos días de caos y confusión:
Habiendo detectado durante varios días consecutivos como una extraña actividad tenía lugar en los alrededores de la capital: agentes destinados a estas zonas, han intensificado su vigilancia en torno a osarios y fosas comunes, las cuales aparecían por la mañana con los hoyos excavados y los cuerpos exhumados. Cabe aclarar que dichos actos de profanación se han cometido exclusivamente sobre aquellos cuerpos pertenecientes a los reos condenados por el Comité de Salud Pública, estos solían aparecer tumbados boca arriba y cuidadosamente alineados, con sus cabezas respectivas o en su defecto, otras que podrían casar con el tronco puestas en el lugar correspondiente. Dichos actos consistentes en juntar cuerpos con cabezas seccionadas se han repetido con cierta asiduidad durante las últimas semanas y habiendo constatado que pistas e indicios recabados en la investigación señalaban una ruta y hasta un horario fijo y predeterminado, no fue difícil situarse tras la pista del sospechoso.
Ubicados los agentes Leriche y Rabelais en el lugar de los hechos, hacia las tres de la madrugada dieron cuenta de un sujeto que, amparado en la oscuridad, trataba de acceder a la zona portando un saco de unos veinticinco quilos que cargaba sobre la espalda, además de una pala.
Comoquiera que el sospechoso comenzara a obrar ajeno a la presencia velada de los agentes y posteriormente hiciera caso omiso a los requerimientos de estos: se procedió a la detención del mismo, acto por el que tuvo que ser reducido e inmovilizado debido a los forcejeos y a la resistencia que opuso, llegando en un primer momento a alzar la pala para golpear a los agentes, hecho que no llegó a consumar gracias a la destreza mostrada por estos. Resta por conocer la identidad del sujeto quien hasta el momento se ha negado a facilitar cualquier dato que pueda facilitar su identificación. En la noche de su detención portaba un saco que contenía dieciocho cabezas humanas y hasta el momento, sigue mostrando una actitud evasiva y en ocasiones violenta, circunstancia que ha obligado a decretar su aislamiento.
El siguiente texto corresponde a un extracto de las declaraciones efectuadas por este ante los ilustres magistrados del pueblo cuando preso de una visible conmoción, fue interrogado sobre el motivo de sus acciones:
-Yo no reconozco a este tribunal como tampoco reconozco a aquellos que se autoproclaman representantes del pueblo. Las víctimas de vuestra mal llamada justicia no descansan en paz ¿Seríais capaces de poneros en su lugar? me temo que no; imaginaos aquellos últimos segundos de vida marcados por el redoble de los tambores: ya os habéis inclinado para que el cepo se cierre alrededor de vuestro cuello y solo os resta esperar a que se desplome la hoja que separará vuestra cabeza del resto ¿Cuál es la última imagen que ven vuestros ojos? pues la del cesto donde yacen las cabezas de aquellos que os han precedido ¿Podéis imaginar una muerte más horrible?...Pues allí no acaba todo, luego, el verdugo vacía el cesto arrojando las cabezas a un hoyo sin bendecir mientras que vuestros enterradores llevan los cuerpos a otro lugar donde serán sepultados sin ningún funeral y sin que nadie se ocupe de rezar por sus almas.
¿Podéis ver a los seres que pueblan las regiones del Purgatorio? ¿Tenéis como yo, el don de ver a aquellos que no han logrado cruzar hasta la otra orilla del río? ¿Han acudido estos hasta vosotros en busca de ayuda?...Entonces, quizás, sólo quizás, comprenderéis el motivo de mis acciones: cada noche, las mismas calles por donde transitáis son ahora una procesión de cabezas aullantes que flotan en el aire y de cuerpos decapitados que deambulan desorientados moviéndose torpemente de un lado a otro: los cuerpos buscan desesperadamente sus cabezas y las cabezas aúllan por que lloran de angustia buscando su cuerpo…

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