Las entrañas del miedo
Cuando llegué al lugar del crimen llevando las riendas de mi nuevo caso, sabía de antemano que estaba a punto de cruzar un umbral reservado solo a unos pocos y que una vez traspasado este, ya no podría echarme atrás. Siempre fui una persona sensible, por ello no entiendo qué fue lo que me llevó a hacerme policía, quizás porque de forma inconsciente, deseaba liberarme de mis miedos y aprensiones, encontrar el antídoto que me permitiera fundirme con el entorno hostil en el que me había criado, tal vez, por ello, mi mente no anhelaba ese momento, cualquier otro sabueso vocacional, habría deseado y hasta propiciado la oportunidad de encontrarse con un caso medianamente importante pero yo, a mi modo, intenté aplazar siempre que pude ese encuentro con lo inevitable, hasta que éste terminó presentándose ante mí llevado por la inercia…
La sangre se extendía en un largo reguero por todo el suelo, el mismo rojo líquido que había dejado su impronta en cada una de las paredes y de los muebles de aquella habitación sin ventanas, formaba charcos oscuros y cenagosos allí donde la línea firme del suelo caía dibujando desniveles imperceptibles a la vista, el lugar entero hervía con un intenso olor repugnantemente dulce. Una mano enfundada en guantes de látex apartó la sábana enrojecida que ocultaba parcialmente aquel cuerpo y se abrió el telón:
-¿Quién pudo hacer algo así?: exclamó una voz anónima, quise apartar la vista de aquello pero mi trabajo no me lo permitía. Fue en aquel momento cuando supe que acababa de traspasar la puerta.
Me puse manos a la obra, durante las siguientes semanas, me tomé mi tiempo y empecé a indagar, hablé con unos y con otros; hice venir a todos los familiares y allegados de la víctima y los fui interrogando uno a uno, luego acudí a mis contactos en la zona y comencé a averiguar cosas.
La tensión estaba en el aire, el miedo se había adueñado de los bajos fondos, casi resultaba anecdótico ver a toda esa panda de rufianes curtidos en mil peleas con arma blanca convertidos en mantequilla derretida por el Sol.
-Yo le he visto y tengo buenas razones para temerle: eso fue lo que contó Monty el Rompededos, preso de un visible temblor-Nadie que le haya mirado directamente a los ojos, vive para contarlo. Créeme: aquella cosa no pertenece a este mundo, maneja ese enorme cuchillo con habilidad endiablada…¡Dios!: ¿Puedes imaginar el alivio que sentí cuando vi que pasaba de largo?.
-¡Ninguno de nosotros se atrevió a mirarle, lo juro por mi madre que en paz descanse!: así se expresaba Freddy el Martillo, sus porcinos ojos, antes inmóviles y fríos miraban hacia todas partes como si presintiera la existencia de una entidad invisible, escuchándole.
-Todo cuanto se de él es…esa voz; no podré olvidarla mientras viva, y si tengo que ir al infierno: ya sé lo que escucharé a mi llegada: Esto fue lo que declaró Nudillos Bart, pálido y con la frente llena de sudor, tartamudeaba y los pliegues de su papada temblaban mientras hablaba.
Todos coincidían en lo mismo: en un miedo irracional que los consumía por dentro, y era ese estado previo al pensamiento racional lo que les había llevado a revivir los temores de la niñez y a extraer al hombre del saco del baúl de los recuerdos. Yo por mi parte, seguía buscando al hombre del saco que se paseaba impunemente por ahí, sembrando el pánico a su paso.
Una semana más tarde, inspeccionaba el escenario donde había tenido lugar un nuevo crimen, nuevamente se repitió la misma escena: carne esparcida por todos lados, un olor imposible de evitar que inundaba toda la estancia y la visión de aquel cuerpo mutilado: el ataque nocturno le había sorprendido in fraganti, después se habían ensañado largamente con su cuerpo, de modo que a simple vista, no fuera posible distinguir la persona ni el género.
Mientras tanto: proseguían mis pesquisas: el círculo se cerraba lentamente en torno al asesino y quienes aseguraban haberle visto, seguían sin dar muestras de cordura. La explicación en esos casos, parecía fácil: quien teme a las arañas, siempre tenderá a ver una araña gigante cuando sus ojos se niegan a ver, quien siente aprensión por los reptiles, creerá hallarse ante la cabeza gigantesca de una boa constrictor abriendo sus fauces para engullirle, y así sucesivamente, pero en mi caso. La situación era mucho más compleja pues yo no podía esconder la cabeza, debía saber a lo que me enfrentaba y darle caza en su propio terreno, debía internarme en sus pensamientos y ser capaz de prever cual iba a ser su próximo movimiento.
Lo que creía saber sobre él, era de manual: quería ver a sus víctimas hechas pedazos porque así era como lo percibía todo: fragmentado. Su mente no distinguía entre lo vivo y lo inanimado, sólo veía carne, y la carne, como el barro, podía ser moldeada. En cuanto al acto de abrir sus cuerpos en canal, esto tenía también un objetivo lúdico, aunque aquí, además, entraba en juego lo sexual, pues el hedor que producen las vísceras al descubierto le llevaba a revivir su primera infancia y el placer inusitado que le producía sentarse sobre el orinal y descargar sus intestinos deseando repetir ese mismo acto una vez tras otra.
Era consciente del miedo que suscitaba en los demás porque ese era el mismo miedo que anidaba en su interior, incapaz de disipar lo que quedaba en su ser de aquel niño que solía despertarse de madrugada aterrado por unas pesadillas que luego se prolongaban en la angustiosa oscuridad de su habitación.
Llevaba días siguiéndole, observando cada uno de sus movimientos, me las había ingeniado para saber quién era y seguirle sin que me viera: quería cazarle sin ayuda de nadie: solos él y yo, como un cazador y su presa.
Entonces, lo vi saliendo de aquel portal: estuvimos frente a frente durante unos segundos observándonos el uno al otro: allí estaba la araña gigante, la boa constrictor y el niño traumatizado, torturador de animalillos domésticos que se entretenía quemando hormigueros.
Ahora: la imagen borrosa que tenía ante mí, ya no era la de un fantasma sino que tenía forma precisa y era real: un impermeable negro, una bufanda gris y un rostro que era la muerte personificada, había llegado el momento de sacarse las máscaras.
Avanzó con paso cadencioso y amenazador y se detuvo en seco cuando me vio sacar la pistola de la funda, luego giró sobre sus talones e hizo el amago de echar a correr, pero yo fui más rápido: levanté el arma y vacié el cargador sobre él, esto lo hice mientras el espejo de aquella cristalera volaba saltando en mil pedazos.
Ahora estaba sólo en mitad de la calle, escuchando el aullido de aquella alarma colgada en la fachada. Antes de que la luz de mi cerebro se apagara momentáneamente, supe que debía alejarme de allí cuanto antes, quienquiera que fuera aquella cosa, había logrado huir deslizándose a través de la calle como un cohete, pero el final estaba ya cantado, el círculo se cerraba y el ángel acusador ya había dictado sentencia.
Hoy he visto la bufanda y el impermeable guardados en mi armario, entonces he tenido una corazonada y como un murciélago que vuela raudo entre dos luces, he corrido hacia el espejo del salón para ver si estaba allí.
De no haber sabido reaccionar a tiempo, quizás le habría dado tiempo a escapar, pero esta vez me hallaba frente a él, a sólo unos palmos de distancia: la intensidad de su mirada era terrible, sus ojos me atravesaban de parte a parte, sabía lo que anidaba en su interior con sólo mirarle, pero quería ir más allá y hacerle sentir el mismo miedo que él había infundido en los demás, por eso alcé la mano que sujetaba mi arma y la apreté contra mi propia sien.
-¿Y ahora qué?: le desafié a responder, pero él seguía enroscado en su caparazón como un caracol. Apreté levemente el dedo que pulsaba el gatillo y dejé que se oyera un click, levemente perceptible, pero que en el silencio de aquel salón, sonó como un trueno a medianoche. Fue entonces cuando bajo aquellas facciones pétreas, comenzó a asomar un miedo humano, de seres interiores que viven agazapados, de voces que hablan en sueños: era el miedo del verdugo convertido en víctima, del lobo atrapado por el cepo...

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