La trampa


Es el viento que no cesa, gimiendo a su paso por desfiladeros y ululando en las planicies lo que me provoca ese dolor de cabeza; soy uno de aquellos infelices que padecen migraña, por eso odio este clima, no soporto este viento taladrando los tímpanos y adentrándose hasta mi cerebro…Doy la espalda al frío y turbulento oleaje que se agita en el acantilado y regreso al calor artificial de mi coche, pero antes de abrir la portezuela, un bulto crujiente y esquivo se escurre bajo mi zapato, un pequeño cangrejo infortunado intenta evadirse a través de la arena y refugiarse entre las rocas, pero yo no soy ninguna roca, y cuando se desmenuza bajo el peso de mi zapato, apenas es una cáscara roja mezclada con la grava.
Trato de mitigar el dolor de cráneo con un analgésico, doy un suspiro y enfilo el coche hacia el Sur. Algo más tarde, las cosas parecen ir mejor: el virulento dolor de cabeza ya ha comenzado a remitir y creo que podría permitirme echar un trago o dos y quizás también unos cuantos pitillos…Y es en ese momento cuando aparece ella, caminando sola por la carretera de la costa. Noto que algo me llama con voz irresistible y freno el coche, pero ella apenas me hace caso, sus ojos miran hacia otra parte, quizás vagan perdidos contemplando las olas y no ha reparado en mí, o quizás haya querido ponérmelo difícil al principio para que insista. En cualquier caso, pienso que no estaría mal si volviera a intentarlo, podría divertirme un poco…Entonces se vuelve hacia mí y se aproxima con paso grácil hacia la ventanilla de mi coche: sus pechos cálidos y morenos se comprimen bajo la fina tela de su vestido mientras asiente con una leve sonrisa a mis preguntas. Cuando más tarde, la invito a subir a mi coche, ella abre la portezuela y se desliza suavemente hasta el asiento. Cuando vuelvo a poner el coche en marcha, noto que mis manos tiemblan de excitación, ella mientras, habla despreocupadamente contándome sus ocurrencias.
Paramos el coche frente a su casa y al salir, noto un fuerte olor a rocas bañadas por el salitre marino. La casa, fresca y limpia en apariencia me aísla del viento, pero en su interior, el olor es aún más penetrante…
Ella me sirve una cerveza fría. Al rato, el olor es aún más intenso, pero a mí no me preocupa lo más mínimo, creo que voy a volverme loco por ella…su piel es cálida y sedosa y mientras apuro mi cerveza, veo como su vestido se desprende de su cuerpo como los pétalos marchitos de una rosa. La llevo en brazos por toda la casa en penumbras hasta llegar al dormitorio.
Han transcurrido varias horas cuando despierto, la chica duerme silenciosamente a mi lado, afuera, el viento ya se ha calmado un poco, me levanto para ir al cuarto de baño. Atravieso el pasillo a oscuras: ahora el olor es casi insoportable, algo se escurre bajo mis pies y corretea a mi alrededor, su tacto es áspero y quebradizo. Abro la puerta, busco el interruptor de la luz, tanteo buscando el grifo y entonces, noto un terrible mordisco en la mano. Cuando se enciende la luz, esta se desparrama a mi alrededor como un intenso fogonazo: un bicho enorme y nauseabundo agita sus pinzas afiladas sobre el borde de la pila mirándome con sus diminutos ojos saltones, es entonces cuando advierto que todo el suelo está repleto de caparazones rojos formando capas superpuestas que parecen palpitar al unísono, cientos de pinzas se elevan hacia mí con el ominoso murmullo de sus chasquidos. Intento huir de ahí, pero mi primer movimiento provoca un roce entre la áspera masa y esta se remueve inquieta. Noto como docenas de bichos comienzan a trepar por mis piernas y cientos de punzadas recorriendo mis extremidades, poco más tarde, mis tendones se abren desgarrados por una dentellada terrible y caigo al suelo retorciéndome de dolor, al caer, noto el crujir de cientos de rígidos caparazones bajo mi cuerpo, decenas de pinzas se clavan en mi carne produciéndome una descarga de dolores intensos y agudos despertando al unísono por todo mi cuerpo…Y ella está allí de pie inmóvil, acunando junto a su pecho a uno de sus apestosos bebés cangrejo, mientras tanto, el crujir de las pinzas y el ruido de los chasquidos, prosiguen incesantes en su tarea de despedazarme.

Comentarios