La Plaga


Yo estuve ahí desde el primer momento, presenciando los hechos y viviendo el fenómeno en primera línea: empezó con hechos aislados cuya frecuencia iba en aumento, la plaga se extendió tan rápido que la gente no tuvo tiempo de reaccionar: los cuerpos que acababan de morir regresaban a la vida, atacaban a los vivos y devoraban a sus víctimas; quienes sobrevivían al ataque, no tardaban en morir y se convertían a las pocas horas en una imagen deformada de sí mismos, en monstruos  que vagaban sin rumbo hambrientos de carne humana. Se habló de un arsenal químico cuyos componentes habían quedado diseminados en la atmosfera, de un meteorito que había chocado con la tierra portando un virus de procedencia desconocida pero yo lo tuve claro desde el primer día: el mundo se había convertido en un lugar perverso, los hombres llevaban tiempo devorándose unos a otros, destruyéndose para saciar un hambre que no conocía límite ni freno y Dios en su sabiduría había decidido purificarlo como ya había hecho en otras ocasiones.
Me levanto y camino hasta púlpito repitiendo un gesto que solía repetir cada Domingo cuando, dirigiéndome hacia la capilla, me disponía a recitar el sermón que había escogido el día anterior. Veía las burlas en sus comisuras y en sus risas contenidas, acudían a mi parroquia para pedirme ayuda, para aprovecharse de mi buena fe; día a día tenía que batallar con los servicios sociales y con los jueces para tramitar ayudas sociales, detener desahucios, negociar autos de prisión a cambio de servicios a la comunidad...Y ellos en agradecimiento solían irrumpir con violencia dispuestos a llevarse el escaso dinero de las donaciones para adquirir drogas, descargaban su frustración y la ira de sus fracasos sobre mí cuando no podía atender todas sus necesidades. Llevaba años intentando en vano resolver unos problemas para los que no había solución porque la raíz de todos los problemas estaba en la propia naturaleza de aquella gente. Vicio y decadencia, esto es lo único que estuve llamado a evangelizar, el mundo era una fosa pestilente, llevaba tiempo advirtiéndolo pero mis augurios habían caído en saco roto
Abajo quedaron algunos supervivientes apretujados unos contra otros como alimañas en su guarida: llegaron buscando refugio y los envié al sótano. Estaba tan próximo el final que no quería verlos mancillando mi templo con sus muecas fingidas y sus pantomimas de pecador incrédulo. Desde aquí los escuchaba rezar durante toda la noche en vano; pobres almas descarriadas: esperaban en su ingenuidad que la mano del todopoderoso les ahorrara un destino tan horrible, que la veneración a la que se habían aferrado in extremis estuviera repleta de poder y que la recompensa a sus falsas plegarias fuera un soplo divino que diera un vuelco a la situación. Puertas y ventanas se derrumbaron y un sinfín de monstruos invadió el sótano. El grupo permaneció apiñado, con los ojos cerrados negándose a ver el dramático fin que se cernía sobre ellos. La horrorosa marea de manos que tiraban de sus cuerpos rasgando la carne cálida y palpitante obligó a algunos a abrir los ojos para vivir sus últimos segundos de vida en un forcejeo desesperado e inútil.
La vidriera yace hecha pedazos, rota días atrás por un miembro de la congregación resentido ante mi negación de acogerlo en mis estancias. Las ventanas están a varios metros del suelo y no hay peligro de que los demonios entren a través de ellas, son bastante lentos y torpes. Puedo verlos recorriendo la calle como un ejército de sonámbulos hay cientos de ellos vagando sin rumbo, sin saber adónde ir, sin alma y sin identidad.
Comienzan los golpes en las puertas, sabía que al final acudirían atraídos por mi presencia, por eso había entablado todas las entradas. Retrocedo hasta el pulpito; en pocos minutos saltarán los clavos y la puerta se abrirá violentamente, los golpes se intensifican minuto a minuto, sé que los muertos no van a desistir, les arrastra un impulso incontrolable y primario. Oigo un golpe y el sonido de la madera chocando contra el suelo: han arrancado las tablas que tapiaban la puerta, han entrado; sabía que las maderas acabarían cediendo, era cuestión de tiempo.
Las retorcidas figuras invaden la sala, caminan hacia mí tambaleándose con los brazos extendidos, exhalando el aliento de sus flácidas bocas abiertas, puedo reconocer a algunos de mis antiguos feligreses entre los rostros semidevorados, me pregunto cuántos de los indignos se han convertido en demonios; qué queda de aquel mundo corrupto.
Los cadáveres vivientes me rodean formando poco a poco un apretado círculo. Miro a través de la ventana, su número no para de crecer. Llegan más de todas partes. No era así como tenía pensado terminar mis días, esperaba morir plácidamente en mi propio lecho y tener un reconocimiento póstumo a mi labor pastoral, quizás con una pequeña pero emotiva ceremonia y aquí estoy, rodeado de carroña, sintiendo las manos frías y los dientes duros y desgarradores de los muertos sobre mi piel. 
Los monstruos muerden con rabia arrancando trozos de carne que se disputan con avidez, tiran de mis miembros despedazándome; puedo ver sus rostros putrefactos mientras me devoran. Un pensamiento reprimido invade mi mente durante los segundos previos al ocaso: ¿Y si todo a lo que entregué mi vida fuera un culto más, una liturgia falsa?  ¿Y si las verdades de nuestra religión fueran un engaño, una sarta de mentiras destinadas a modelar nuestra voluntad?, pues si todo esto es obra de Dios: el diablo sin duda debía estar acongojado en su redil creyéndose un aprendiz. Y si el demonio había orquestado semejante horror: entonces Dios estaba sumido en un profundo sueño ausente por completo y ajeno a nuestra desgracia.

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