La huida
Ignoro qué extraña circunstancia me ha podido llevar hasta el lugar donde me encuentro ahora, mi confusión es absoluta, el antes y el después se funden en un mismo tramo de tiempo. Aquí estaba cuando abrí los ojos y desde el primer momento comprendí que mi único cometido iba a ser el de aunar fuerza, valor y astucia para preservarme de los peligros que me acechaban. Aquí todo es extraño: la flora, el paisaje, los colores y las formas y hasta las sensaciones que todo ello me suscita, todo parece nuevo, indómito y sobrenatural; un escenario hostil creado para poner a prueba mi instinto de supervivencia.
En una ocasión, sentí que algo húmedo y viscoso se enroscaba alrededor de mi pierna y trepaba a través de mí buscando mi cuello, instintivamente noté como la misma fuerza que me oprimía era la que me arrastraba hacia un agujero de donde emergía aquel tentáculo. La sorpresa inicial retrasó peligrosamente mi reacción, pero aún estaba a tiempo de eludir mi inminente aniquilamiento. Por fortuna, tenía un brazo libre y con mi espada logré partir la materia que me envolvía liberando un fluido nauseabundo que surgió a borbotones de la parte cercenada. Casi de inmediato, dos nuevos tentáculos afloraron de aquel agujero inmundo y se proyectaron sobre mí, pero esta vez, mi reacción no se hizo esperar y eché a correr para alejarme de aquella fosa con el propósito de andar con más cautela en lo sucesivo y poniendo todos mis sentidos en alerta.
Un olor pestilente me anunció una nueva presencia, esta vez el peligro se presentó bajo la forma de un ser repugnante que me recordó a esas bestias deformes que se exhiben en las ferias ambulantes. Antes de que pudiera reaccionar, ya la tenía encima, pese a todo, sus movimientos eran lentos, por lo que no tuve dificultad en atravesar su corazón con mi espada. Me quedé atónito al ver como aquella criatura seguía en pie y dispuesta a arremeter de nuevo, hecho insólito que sugería la evidencia de que el ser contra el que me enfrentaba carecía de órganos internos o que se movía impulsado por alguna fuerza sobrenatural.
Haciendo acopio de fuerzas y de reflejos, logré esquivarle pese a mi estupor y esta vez, corté aquella cabeza deforme y babeante de un solo golpe, pero de nuevo, mi sorpresa se agudizó al observar cómo su cuerpo seguía en pie, agitando los miembros torpemente y moviéndose desorientado pero vivo a pesar de todo. Me alejé de allí sin saber qué hacer y lleno de angustia cuando de repente, un tremendo alarido me hizo parar en seco y desviar mi rumbo hacia el lugar de donde provenían los gritos. Cuando llegué allí, la escena que contemplé, hizo que se helara mi sangre: allí estaba mi amigo Raúl, y había sido atrapado por una extraña y gigantesca especie vegetal que tenía las ramas desplegadas alrededor de su piel, apresándole con fuerza. Me disponía a liberarlo cuando vi a mi otro amigo, Santiago siendo engullido por el fango pestilente de la ciénaga, esta lo iba tragando lentamente como una enorme boca gelatinosa, pero cuando me disponía a partir una gruesa rama para acercársela y que pudiera agarrarse a ella, escuché su voz desfallecida imprecándome:
-No intentes ayudarme, ya es demasiado tarde para nosotros pero tú eres fuerte, no pierdas el tiempo intentando ayudarnos, busca tu propio camino y recuerda lo que sucedió tras la fiesta; sólo así lograrás comprender…
Abandoné a mis amigos a su suerte mientras meditaba sobre las palabras de Santiago antes de que fuera succionado por el fango de aquella ciénaga: “busca tu camino; recuerda lo que sucedió tras la fiesta: sólo así lograrás comprender”, pensé que hasta ese momento, me había limitado a luchar y a huir, sin plantearme la procedencia ni la naturaleza de los peligros que me acechaban, pero en ningún momento me había ocupado en recordar…
Íbamos los tres en aquel coche: Raúl, y Santiago iban delante, yo me encontraba detrás: cruzábamos la carretera a gran velocidad cuando de repente, dos enormes faros nos cegaron, el coche hizo un giro brusco y se salió de la carretera, volcó y comenzó a dar vueltas sobre sí mismo, yo sentí como una fuerza sobrehumana me impulsaba hacia fuera, proyectándome a través del parabrisas mientras el coche se precipitaba hacia el fondo del barranco. Y mientras pensaba intentando dar forma a mis recuerdos, mi entorno iba cambiando de configuración, siguiendo extraños dictados que quizás, tan solo yo podía comprender.

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