El jinete
Las puertas del castillo eran un hervidero de gente que se aglomeraba en torno al puente esperando en actitud solícita su turno para recibir el permiso de los guardas y entrar a vender sus mercancías y objetos. Un jinete ataviado de brillante yelmo, cota de malla y una larga capa negra se plantó frente a los soldados que guardaban el puente, abriéndose paso entre golpes y empujones. Bajo su montura, portaba un bulto maloliente y recalentado por el Sol que una estela de moscas golosas codiciaban revoloteando a su alrededor.
Uno de los guardas que estaban frente a él dijo con voz apremiante:
-Bajad de vuestro caballo si queréis entrar
-Nadie que haya osado descabalgarme vive para contarlo: respondió el jinete al tiempo que espoleaba violentamente la grupa de su caballo, este se alzó resoplando y relinchando sobre sus piernas traseras y los dos centinelas se apartaron cautelosamente para no ser arrollados. Los cascos del caballo resonaron ominosamente sobre la madera desgastada del portón levadizo y un aldeano que no logró apartarse a tiempo perdió el equilibrio y fue a zambullirse en las aguas pestilentes del pozo junto con el cordero que portaba sobre sus espaldas.
Varios guardas salieron al encuentro del intruso interponiéndose entre este y el arco de la entrada alzando la punta de sus picas en posición defensiva.
-Si queréis hacer algo útil: podéis anunciar mi llegada: vociferó el jinete- Soy Turiaco y vengo a traerle a vuestro rey la cabeza de mi hermano, tal como él me había pedido.
-¡Turiaco! El nombre resonó como un eco repitiéndose desde el patio de armas hasta lo alto de las murallas y siguiendo al jinete en su itinerario a través de la ciudadela y a su paso intempestivo, iban apartándose los transeúntes hacia los lados de la estrecha calle, algunos comerciantes resignados, veían volcarse sus frágiles tenderetes junto con toda su mercancía. El jinete prosiguió su rumbo indiferente hasta llegar a la residencia real, ante cuya entrada tensó las riendas, parando en seco, descendió de un salto y recogió el bulto que portaba. Los dos soldados que montaban guardia apostados frente a la puerta, retiraron sus alabardas para cederle el paso y el visitante entró en el palacio con apresurada soberbia. Recorrió largos pasillos y amplios salones y cuando llegó a la sala de recepción, el rey le esperaba reclinado en su trono junto con varios de sus consejeros y asistentes. Cuando estuvo frente a ellos, arrojó su mercancía maloliente dejándola rodar por el suelo. La cabeza putrefacta que portaba quedó mirando hacia el techo a través de sus cuencas vacías y su imagen provocó el rechazo disimulado de todos los presentes. Uno de los consejeros extrajo un pañuelo del bolsillo y se cubrió las fosas nasales mientras retrocedía, visiblemente mareado.
-¿Y ahora qué?: apremió el recién llegado con expectación-Ya he cumplido mi palabra; cumplid vos con la vuestra.
-Lo prometido es deuda: dictaminó el rey-El oro es vuestro.
Uno de los asistentes se acercó hasta el visitante con aire solícito para entregarle una abultada bolsa de cuero que este tomó con un gesto brusco de su mano, la abrió y la puso boca abajo tomando algunas monedas en la palma de su mano, cogió una al azar y la mordió para comprobar su autenticidad. Sonrió satisfecho y dijo:
-Ahora que se ha consumado el pacto que ha unido mi codicia con vuestro rencor, decidme: ¿Qué grave ofensa profirió mi hermano contra vos para que desearais su muerte?
-Ninguna: respondió el rey secamente.
-¿Conspiraba en secreto contra vos?: insistió el visitante-¿Acaso ambicionaba vuestro trono?
-De ser así, no me consta: atajó el rey.
-¿Deshonró a una de vuestras hijas, saqueó las tierras de vuestros siervos? ¿Qué fue lo que hizo?
Tras unos segundos de silencio y expectación, un rey ligeramente incomodado, pero burlón en sus ademanes, se levantó de su asiento y comenzó a caminar por la sala ante los ojos atentos del visitante que le miraban con estupor.
-Ya que tanto insistís en conocer la verdad, os la voy a confesar: Raurico, vuestro hermano, al igual que vos, ha dilapidado su herencia y su fortuna entregado a una vida de placeres mundanos, yo también tengo mis propios pasatiempos, y el que me brinda mayor satisfacción es ver a jóvenes de vida ociosa buscando a toda costa dinero con el que seguir sufragando sus depravaciones por eso, cuando le convoqué ante mi presencia, le propuse una especie de trato: traerme la cabeza de su hermano a cambio de dinero…y él aceptó mi proposición sin preguntar la causa.

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