El cuchillo


No siempre fui asidua de las sesiones nocturnas, fue a raíz de cuando mi marido cambió de turno en la fábrica donde trabajaba y empezó a trabajar de noche, desde entonces, apenas podía verle y las noches en casa se llenaron de presunciones y de sueños recurrentes. Fue entonces cuando me aficioné al cine. Recuerdo la primera vez que salí a la calle sola por primera vez pasada la una de la mañana, era Verano y el tedio del calor y del aburrimiento avivaron mi ánimo y el deseo de escapar.
Una vez fuera, la ciudad cambió su rostro gris y anodino para mostrarse ante mí con ese reverso hostil y amenazador con el que la ciudad se viste de selva infranqueable para recordar a las mujeres que ese no es nuestro lugar, y me introduje en el primer cine que encontré abierto, lo cual fue para mí un hallazgo ya que tras la fachada de aquel teatro reconvertido encontré refugio y una solución fácil para engañar al insomnio. No tenía que caminar mucho, tan sólo recorrer un par de calles y ya estaba allí, a salvo de los rateros y de los violadores. 
Unos minutos de silencio y la sala quedaba a oscuras, luego empezaba ese desfile interminable de imágenes que inundaba de luz mi retina, envolviendo mi mente de voces y sonidos. Así fue como descubrí de manera imprevisible lo que mi educación mojigata y mi entorno me habían ocultado: fue al ver la   película con detenimiento y reparar en cada uno de sus detalles, mi reacción no se hizo esperar, me encogí sintiendo como mi pecho se desbordaba y grité débilmente en medio del silencio. Más tarde, abandoné la sala a oscuras, pero regresé al día siguiente y al otro. La sorpresa inicial de mi descubrimiento se fue disipando, como es natural y comprendí que llevaba una semana viendo la misma película cada noche, eso sí: alguien le cambiaba el título y los nombres de los personajes para dar cierta sensación de variedad a los asiduos noctámbulos, pero la situación era siempre la misma: un rostro encapuchado emergía de la penumbra y dos enormes zarpas viriles enfundadas en guantes negros comenzaban a forcejear con carne femenina, torturándola, golpeándola con brutalidad una y otra vez, y mientras mis ojos recibían su dosis de carne desgarrada, toda la sala se llenaba de extraños sonidos de una respiración entrecortada y de manos que frotaban algo con un vaivén creciente…y la escena se repetía una y otra vez, impregnando mi retina de miembros tersos y desnudos agitándose en un desesperado intento por escapar de una fuerza brutal que los oprimía, los golpeaba y los atravesaba con un frenesí atroz. Durante un lapso de tiempo, las tomas de la película eran confusas, con planos rápidos y casi superpuestos, de tal manera que cuando al fin, las cámaras abrían campo para mostrar a la víctima de cuerpo entero, yo me encontraba viéndome a mí misma reflejada en aquel amasijo de carne, sumergida en un charco rojizo. En cuanto al verdugo: yo no podía identificarlo con nadie en concreto y sí con la otra mitad del género humano, porque estaba compuesto de la esencia depredadora y salvaje que anida en todos los hombres. En las tinieblas de aquel cine, llegué a perder la noción del tiempo durante mis noches de soledad y la tensión ascendente de aquellas escenas permanecía conmigo durante el día siguiente sin la lógica liberación que ansiaba mi mente, hasta que a la noche siguiente, acudía de nuevo puntual a mi cita con las sombras de aquella sala de cine y de sus imágenes en movimiento: durante hora y media, tenía ocasión de ver representados en ficción los deseos ocultos que todos los hombres guardan en su subconsciente, yo trataba de dejar que mis pensamientos divagasen, pero siempre se imponía una sensación de inquietud, de ir más allá de cuanto veía con mis ojos asustados, y la fuerza viscosa de aquella multitud que llenaba el cine, oprimía mi cuerpo.
Anoche, amparada en las tinieblas de aquel anfiteatro, me atreví a mirar a mi alrededor consciente de que la retina de mis ojos se había habituado a la oscuridad, y lo que vi confirmó todas mis sospechas: aquellas sombras aparentemente inmóviles y silenciosas, comenzaron a tomar forma y entonces, me di cuenta de que era la única mujer en la sala, todo el resto eran hombres: sus manos febriles sujetaban el miembro viril con inusitado frenesí, enzarzadas en un creciente vaivén, la respiración de una multitud jadeante impregnaba el ambiente de vapores húmedos y en la pantalla, una mano implacable sujetaba un objeto metálico y puntiagudo que subía y bajaba penetrando en el cuerpo desnudo y desgarrándolo; casi podía sentir las punzadas en mi propio cuerpo y el dolor expandiéndose hasta paralizarme, mientras tanto, las imágenes iban desfilando frente a mí, indiferentes a las reacciones que me suscitaba su visión: aquellos ojos implacables ocultos tras la máscara, aquella piel blanquecina y casi traslúcida abriéndose para que fluyera la sangre como el caudal de un río…no había el menor contacto genital en su sentido estricto, sin embargo, en la vida había sentido el sexo con tanta brutalidad, pude retener cada imagen en mi mente y asociar cada una de ellas con un cúmulo distinto de sensaciones, notaba los progresos de un tormento físico que me desgarraba, era solitaria y lúcida testigo de un mundo implacable que se abatía sobre mí.
Al abandonar la sala, me sentía convulsa y emocionada al comprender la parte más oscura del alma humana: nosotras las mujeres, somos fetiches, objetos de deseo y ellos ansían hundir su falo en nuestro cuerpo para liberar nuestro fluido vital y sentirse dueños y amos de todo cuanto respira. Nosotras, en nuestra inocencia, ignoramos ese tipo de rito que para ellos es tan necesario pero yo he accedido a esa verdad oculta y ya nada volverá a ser como antes. Por eso: hoy cuando amanezca y llegue mi marido a casa, voy a permanecer alerta y esperaré a que se duerma para hundir el cuchillo una y otra vez sobre su pecho: será divertido ver como se desangra y tiende sus manos temblorosas hacia mí, pidiéndome ayuda y cuando en su agonía, descubra que he sido yo quien le ha matado, fingirá sorpresa y preguntará porqué, pero sé que ambos conocemos la respuesta. 

Comentarios