El Asesino
Peterson yacía con las manos asidas en los costados de la taza del retrete, intentando reponerse de las sacudidas a las que le había sometido su estómago, así permaneció durante unos segundos, manteniendo aquella posición hasta que logró reunir fuerzas para alargar la mano y vaciar la cisterna, después se levantó, solo entonces se percató de que temblaba convulsivamente.
La idea de volver a matar le provocaba arcadas, años antes, era uno de los mejores en su oficio, pero en su constante y forzada vigilia, los recuerdos se habían revelado como un acompañante infatigable y una multitud de rostros pastosos y grisáceos le observaban con mueca rencorosa. Indudablemente, ya nada volvería a ser como antes: el tiempo le había debilitado y mermado sus facultades, carecía de reflejos y la vista le fallaba, con el añadido de una retomada afición al alcohol que convertía en delirio la insoportable lucidez de su insomnio.
Una agobiante y extraña fatiga se adueñaba de él. Exhausto, vencido y sin fuerzas, cayó sobre el diván, contemplando durante unos minutos y con profunda resignación la fotografía que colgaba de una de las paredes, bañada en un fantasmagórico brillo, en ella estaban los dos, apenas guardaba un recuerdo confuso de aquella época, lo percibía como un paréntesis de felicidad en su vida: era la única foto que guardaba de ella, y parecía haber retenido para siempre la pálida expresión de su rostro, cuantas veces la vio con aquella expresión ausente, los ojos cristalinos, el habla enmudecida... pero se fue tras haberle dado un hijo, sangre de su sangre que había llegado para redimirle, aunque Peterson ya había sido marcado por el destino, su trabajo en el muelle le condujo hasta el sindicato, más tarde, comenzó a frecuentar círculos y a entablar amistades, con el tiempo, logró presentarse ante los capos y obtuvo su primer encargo. Al principio, creyó que si procuraba actuar sin heroicidades y ser discreto, podría estar una temporada y retirarse, pero luego descubrió que estaba equivocado, así se lo hicieron saber de forma concienzuda.
En cuanto a su hijo, a quien se afanaba en vano por educar, pareció acusar desde el principio todos los rasgos de su difunta madre, había heredado su sonrisa, sus rasgos y su aparente mansedumbre, pero también sus defectos: desertó del colegio a una edad temprana, llegado el momento en el que todos los chicos comienzan a cuestionarlo todo, él no hacía preguntas; esta omisión no fue gratuita, pues más tarde, pudo verle zanganeando en las desmanteladas esquinas y juntándose con los golfos del barrio, las pocas veces que coincidían ambos en la calle, él pasaba de largo fingiendo no verle.
Mientras tanto, pasaban los años, y los encargos se sucedían uno detrás de otro con creciente asiduidad, eran en su mayoría trabajos fáciles, tan sólo requerían discreción, mente fría y sobre todo, no andarse con titubeos. Cada situación era distinta y sin embargo, nada cambiaba pues todos morían de la misma manera: su primera mirada era siempre de incredulidad, luego se doblaban sobre sí mismos, absorbiendo el fuego del plomo candente, algunos se orinaban encima otros, los menos, comenzaban a actuar como autómatas: echaban a caminar de un lado a otro, cogían el teléfono, se ponían a ver la tele…Peterson, nunca comprendió aquella forma de reaccionar ante la muerte, pero al final, todos acababan cerrando los ojos y fallecían tras emitir algo muy parecido a un suspiro de alivio.
Daban en aquel momento las tres menos cuarto, la oscuridad y el silencio eran absolutos en toda la casa, a su derecha, una puerta entreabierta le permitía ver una parte de su habitación, desordenada, como siempre. A su izquierda, el respaldo de su gran sillón y enfrente, la televisión, un teléfono y una estantería donde libros, facturas y hojas garabateadas campaban frívolamente entre algún objeto polvoriento y vagamente decorativo. Entonces le abordó un pensamiento furtivo y fue hasta el lavabo para buscar su dentadura postiza: allí estaba, en aquel vaso. Al llevársela a la boca, esta encajó a la perfección produciéndole una leve sensación de frescor. Mientras se miraba al espejo para comprobar el estado de su dentadura, quedó nuevamente pensativo. Comenzó con ello a tener miedo, pues también en aquel espejo se desdibujaban las formas reflejadas y aparecían imágenes de rostros, muchos de los cuales ni tan siquiera recordaba, desde hacía ya varios días, había renunciado a contestar a las repetidas llamadas de advertencia: había rechazado un encargo y con ese acto, rompía su juramento: esto se pagaba con la vida.
Todo empezó como un trabajo más: debía eliminar a cierto corredor de apuestas que con argucias y engaños, había eludido sus pagos, nada que no hubiese hecho antes, pero cuando supo a quien le habían asignado para cubrir su retirada, quiso desaparecer para siempre, evaporarse…Peterson estaba cada vez más hundido, con gran esfuerzo, se levantó y fue, casi arrastrándose hacia el dormitorio. Miraba a su alrededor absorto, confuso, a veces le embargaba la sensación de estar repitiendo experiencias ya vividas, percibía con cierta nitidez cualquier sonido por leve que este fuera, hasta el más leve cambio de temperatura le provocaba escalofríos.
El final fue brusco, aunque no inesperado: alguien manipulaba la puerta de su casa, era un leve forcejeo de metal con metal, pero él deseaba no tener que prestar atención a nada: necesitaba aislarse, pensar, discutir quizás consigo mismo y con sus fantasmas o simplemente dormir. Cayó sobre la cama con los ojos perdidos en el vacío y rompió en una carcajada que era un hipo senil y asmático, lágrimas de un sentimiento ambiguo quemaban sus ojos marchitos. Alguien había entrado ya en su casa y oía su andar resuelto y apresurado. Un retazo de luz en la penumbra era la única referencia frente a la progresiva pérdida de los sentidos, finalmente, quedó inmóvil, con la cabeza inclinada, observando la figura que se alzaba a solo unos palmos de su cabeza, luego, rompió a llorar. Un cojín cubrió su cabeza obstruyéndole la vista y la respiración pero antes del disparo, aún tuvo tiempo de oír dos palabras en boca de su verdugo:
-Adiós, papá.

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