El andén


Cometió un error, lo cual retrasó su vuelta y los retrasos a unas horas son peores que a otras. Podía adivinarse que era el último convoy porque no había nadie en las taquillas y porque los tornos de la entrada estaban abiertos. Adentro, un extraño e inquietante silencio reinaba en todo el vestíbulo y en el largo y estrecho pasillo que conducía a los andenes. Ya había apreciado esa extraña sensación de calma en otras ocasiones, minutos antes de que un empleado del Ayuntamiento se le acercara para comunicarle que el servicio de transportes había dejado de funcionar. Siempre era angustioso ir al encuentro del último tren, era como librar una carrera a contrarreloj cuando ya se han parado todos los relojes y a nadie le importa si llegas o no llegas a la meta.
Recorrió el andén apesadumbrado y a mitad de camino, tomó asiento. Comenzó a mirar alrededor entre nervioso y llevado por el tedio, sus diminutos ojos ocultos bajo cristales de aumento inspeccionaron minuciosamente el lugar; cada objeto, cada detalle, sus manos cruzadas sostenían el maletín que descansaba sobre sus rodillas, su cuello estaba recto, como su espalda, formando una línea paralela con la pared.
Súbitamente, se dio cuenta de que un temblor nervioso e incontrolado sacudía su interior y se miró las manos, temeroso de que esa tensión se exteriorizara delatándole: eran cinco, habían irrumpido de súbito como aquellos temblores subterráneos que todo el mundo teme y que casi nadie ha visto de cerca, vestían con pantalones caídos, calzado deportivo y amplias camisetas por encima del pantalón, llevaban gorras de medio lado y lucían cadenas y pulseras doradas, los tenía enfrente suyo, aunque separados de él por el hueco de las vías, iban de aquí para allá gritando y gesticulando como si se estuvieran peleando. Uno de ellos intentaba subir las escaleras mecánicas en sentido contrario y cuando se cansaba, se sentaba en la barandilla y volvía a bajar. Otro, el que poseía la voz más fuerte y desagradable, doblaba los brazos para hacer músculo, todos ellos tenían sobrepeso  aún así, la ropa que llevaban era varias tallas más ancha de la que les correspondía.
Una especie de grito prolongado lo sacudió repentinamente. Entonces, tuvo una corazonada, pensó que estos se habían sentido observados por él y que eran propensos a exteriorizar su molestia de forma airada.
-¿Y tú qué miras, cuatro ojos?: resopló el que había estado ejercitando los músculos delante suyo. Al escuchar esto, los otros cuatro restantes acudieron al encuentro del vocero, eran como un ejército disciplinado, seguro de su fuerza: era obvio que nunca podría enfrentarse a ellos, ni remotamente habría sopesado esta probabilidad, la situación de hecho le había cogido por sorpresa: estaba tratando de situarse en la escena, pero era obvio que se hallaba viviendo al margen de lo cotidiano. Más adelante, quizás reflexionaría sobre su presencia y su comportamiento allí y extraería sus propias conclusiones pero por el momento, estaba bloqueado.
Intentó esbozar una sonrisa, una sonrisa inocente; cómplice, aquella que ayuda a salvar situaciones comprometidas, pero algo le dijo que el lenguaje no verbal que manejaban aquellos jóvenes y él, no era el mismo.
-¿Te estás riendo de nosotros, pelotudo? bramó el que llevaba la voz cantante, y los demás le secundaron a través de una hosca fanfarronería, tan identificable como un balbuceo infantil. La tensión iba en aumento, intentó quitarle hierro a la situación desviando la mirada hacia otra dirección cuando un grito proveniente de las cuatro gargantas al unísono lo sujetó por las solapas y levantó alegóricamente la pechera de su camisa.
-¡Eh, papá!: rebufó el boxeador obeso-Estoy hablando contigo: ¿Pasas de nosotros, pasas de nuestras caras, pinche huevón?
Volvió la vista hacia ellos y con un encogimiento de hombros, quiso transmitirles calma, un gesto que se reveló ambiguo porque casi al instante, otro grito volvió a sacudir las paredes del subterráneo, era una voz insidiosa que sonaba a gorgoteo y a engranajes oxidados.
-¿Y ahora qué miras pinche cabrón? ¿Qué miras ahora comevergas? ¿Quieres bronca eh? ¡Así que quieres mecha!
Lo habían conseguido, su vista iba espasmódicamente de un lado a otro sin saber adónde mirar, anhelando la llegada de un tren que no parecía llegar nunca, en vano intentó serenarse pero ya no podía seguir comportándose como si escondiendo la cabeza pudiera mantenerse al margen, era obvio que iban a por él, no importaba lo que hiciera, cada uno de sus gestos iba a ser interpretado como una provocación. Su mente confusa iba formulando pregunta fugaces y casi monosilábicas: ¿Porqué yo?; ¿Porque a mí? quería levantarse y echar a correr pero ese mismo impulso lo mantenía paralizado.
Justo en el momento en que hicieron el amago de saltar a la vía, pudo escuchar el zumbido del tren a través del túnel, entonces, exhaló un suspiro de alivio al ver las luces de posición deslizándose en la negrura hasta que la blanca estructura metálica terminó asomando a través de los raíles iluminados de la estación: el tren quedó cinco o seis segundos parado frente a él, era el conboy que iba en sentido contrario, pero ya no le preocupaba si su tren llegaba antes o no, lo importante era que había perdido a aquellos indeseables de vista, probablemente, se olvidarían de él y cogerían aquel último tren con destino al extrarradio donde con toda seguridad estaban sus casas, mañana le tocaría el turno a otro desafortunado que pagaría peaje por hallarse en el momento y lugar equivocados, pero por el momento: él ya parecía haberse librado.
Tras emitir varios pitidos de aviso, el tren cerró las puertas y se puso en marcha para perderse nuevamente a través del túnel, pero cuando volvió a despejarse la vista que le ofrecía la estación con las vías vacías: ellos seguían allí, llenando su mente y su campo visual con su presencia estridente y obsesiva, pero esta vez, recorrieron el andén de un extremo a otro y subieron las escaleras, sabía que sólo le quedaba esperar hasta verles aparecer por el otro extremo del pasillo, ya podía escuchar sus pisadas bajando las escaleras entre una ronca y ruidosa risa.
Sus pensamientos eran un torrente de preguntas inconexas a medio formular, intentó recomponerse como pudo, después de todo, no era la primera vez que regresaba tarde a consecuencia de un trabajo que se había demorado más de la cuenta, no siempre era fácil encontrar taxis libres a esas horas y en su mente fluctuaba desde hacía ya tiempo la idea de que en cualquier momento, debería enfrentarse a una situación similar.
Mientras abría el maletín y cogía la pistola, pensó en los inconvenientes que conlleva obrar como un principiante, quien conoce su oficio, siempre planifica sus acciones y nunca comete el acto de empuñar el arma sin antes haber sopesado detenidamente todos los pros y los contras porque sabe que hasta en el lugar más aparentemente solitario, pueden aparecer testigos inesperados y molestos a los que una lógica cruel ordena eliminar.
Resignado, empuñó la pistola como había hecho poco tiempo antes, enroscó el silenciador en la boca del cañón y se dispuso a ejecutar otro acto de rutina.

Comentarios