Mentira




Cuando la rutina de los hechos y de las experiencias que se repiten hasta la saciedad dejaron de tener sentido, cuando los rostros y las personas que conocía eran recuerdos de permanente retorno, la angustia de vivir se hizo insoportable. Había vivido, gozado y transgredido y todo eso se me antojaba ahora como una vacía distracción que había nublado mis sentidos apartándome de mi rumbo; el tiempo que llevaba representando la misma obra se me antojaba eterno y aquello que mi corazón anheló en el pasado, el tiempo se ocupó de mostrarlo ante mí como las vacías ofrendas usadas para engalanar las telas de los difuntos. La condición humana, con todos sus matices y claroscuros era el adorno innecesario de aquellos discursos tan previsibles como artificiales que tantas veces había escuchado; de los grandes gestos que siempre acaban en bajeza; nada tenía secreto para mí, y esto me desesperaba.

Tras recorrer el mismo camino infinidad de veces, tras deambular por los lugares más sórdidos como un fantasma que sobrevuela los tejados, por fin creí haber llegado, una puerta invisible para mis sentidos me había mantenido apartado durante todo ese tiempo de aquel espacio donde entré una noche por casualidad y ahora se abría ante mí para mostrarme aquellos rincones de la ciudad que hasta ese momento habían permanecido ocultos: estaba regresando al lugar donde comenzó todo y allí estaba yo, trazando el mismo recorrido que emprendieron mis pasos cuarenta años atrás, cuando mi espíritu era joven y mi corazón ausente de malicia me invitaba a contemplar la vida como un juego.

Mi mente errática guiaba mis pasos aunque miraba a través de unos ojos que se me antojaban prestados. En la negra soledad de aquellas calles avanzaba dando tumbos como marinero en la proa de un barco. El mundo permanecía estático a mi alrededor y lo único que se movía frenéticamente era mi mente convulsa. Conforme me iba adentrando en aquel túnel oscuro, mi atención se desviaba observando el aura que irradiaban las formas, los lugares y los objetos más comunes, la noche estaba barnizada de diamantes de vidrio colocados dentro de viejos edificios de ladrillo ennegrecido. Los escaparates enmarcaban la nada iluminándola con matices oscuros, mi vista vagaba por aquellas calles, escudriñaba las alturas más allá de los altos tejados inclinados, las calles parecían enroscarse formando laberintos de huecos y conductos como las arterias y venas de un organismo petrificado y monstruoso, era así como lo recordaba en mis sueños y así fue como lo vi la primera vez. Nada parecía haber cambiado en todo ese tiempo.

El rumbo de mis pasos me llevó hasta el largo y estrecho callejón donde tiempo atrás me adentré con curiosa expectación; tendría poco más de dos metros de ancho y las paredes laterales eran altas, lisas y sin relieves. Miré hacia la abertura rectangular en lo alto de la pared del fondo y atiné a ver una forma circular que fue perfilándose y definiendo a medida que me acercaba: enmarcado en aquel espacio asomaba el rostro de un anciano con el pelo largo y enmarañado que miraba hacia la calle indiferente. Cuando estuve justo bajo la ventana y pude apreciar mejor aquellos rasgos, vi que la expresión de indiferencia no era otra cosa que un rictus petrificado, tenía el pelo blanco y desordenado como una telaraña y las arrugas cruzaban su rostro como hebras finas que se ensartaban en sus tejidos traslúcidos marcándose por debajo de él como venas.

Quise verlo de cerca y entré en aquel portal, era lúgubre, no se escuchaba nada, olía a siglos de inmundicia. Subí entre la penumbra como pude, la escalera crujía bajo mis pasos. Llegué hasta el piso desde donde asomaba aquel rostro demacrado. La puerta cedió con un leve empujón y se abrió con el crujir de la madera desgastada. Avancé por un largo pasillo oscuro repleto de escombros y de hojas secas hasta que lo vi allí al fondo, en un pequeño salón, apoyado en la ventana. Me acerqué a él y cuando lo tuve delante puse mi mano en su hombro y al notarlo inerte, agité mi mano varias veces anhelando un espasmo, una señal de vida, pero en lugar de despertar, se desplomó girando su cabeza hacia mí hasta quedar tendido boca arriba, mirándome con expresión carcomida.

Aquel era mi propio rostro, era la imagen petrificada de mí mismo la que me estaba observando desde el blanco de sus ojos ciegos. Mi ser había quedado atrapado en aquel submundo llevando el peso de mi culpa y enajenación, de mis delitos y de todas y cada una de mis faltas y de mis transgresiones mientras yo en un mundo imaginario creía estar viviendo en plenitud. Toda mi mezquindad, las huellas que la codicia había ido dejando en mi alma, todas mis mentiras e iniquidades habían dejado su impronta en aquel cuerpo ajado y marchito. Tal vez me estuvo esperando para dedicarme su último aliento. Esto sucedió la víspera de aquel lejano día en que vendí mi alma a cambio de una mentira.

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